martes, 21 de marzo de 2017

Desde el año de la noria - Poema - Edel Morales

 
Contaba una vez un rey
que ganó su trono en la sangre.
                                         A. F.
 
Yo, y el que ustedes imaginan fiero,
nos hemos visto antes.

Alguna luz murió sin ser por el cansancio.
Algún ciruelo perdió raíces desde entonces.

Pero no hay día más terco que los años
de la adolescencia firme.

Yo, y el que ustedes imaginan,
preguntamos juntos.

Era el año de la noria con barcos en la costa.
Todos gritando abajo.
Todos gritando arriba.
Todos listos a caer y hacernos piedra,
mientras eso fuese una manera de elevar la confianza.

¡Qué terrible el tiempo para trastocarnos tanto!
¡Qué fulgor de espejos para confundirse uno!

Porque ocurre como en las viejas historias.

Yo, y el que ustedes imaginan,
estamos mirando hacia un cielo distinto.

Y así jamás la estrella brillará para los dos.
Así jamás el grito será igual en los parques públicos.

Somos únicamente peces regados por la crecida.

El otro, y este que ustedes imaginan fiero,
al acecho del momento de saltar.

¡Oh, voz, no calles,
antes de cruzar los miedos!


En "La libertad infinita", #Editorial #Letras #Cubanas, 2016.
https://www.facebook.com/moralesedel/


lunes, 20 de marzo de 2017

Los pies desnudos - Poema - Edel Morales





No tengo nada-

Sólo el amor de una muchacha
y mis párpados abiertos.

Así puedo correr sobre la hierba
húmeda y punzante.

Sabiendo que a esa certeza
llamarán locura.


En "La libertad infinita", #Editorial #Letras #Cubanas, 2016.

La libertad infinita - Poema - Edel Morales


 

Bajo el duro afiche que da sentido a esta hora
contemplo el rostro de los bailadores.

Manos distintas se mueven en el aire.
Se mueve una voz, muchachas pegadas al sudor
y las guitarras que una estrella acerca por su luz.

Fascinados en esa alucinación giramos libremente;
sin miedo y sin otra voluntad que estar vivos,
así giramos, todos bellos en el crepúsculo de la ciudad.

Pasa el amor y lleva el ritmo en los labios.
Pasa el amigo con un toque de rock sobre botellas.
Pasa el mar, azul y gris clarísimo.

Blancas monedas que la libertad desnuda.
Contemplo el rostro de los bailadores
y el efímero resplandor de las cosas más puras.

¡Qué difícil para mi ojo humano
mirar de frente esa única luz!

Pero siguen dentro refulgiendo sus destellos.


 En "La libertad infinita", #Editorial #Letras #Cubanas, 2016.

domingo, 19 de marzo de 2017

Un verano en Facebook - Capítulo 3 - Novela - Edel Morales

(Que te vuelva a encontrar. Segunda temporada)
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III

 Él siempre había escuchado decir que en el D. F., cuando caía la noche, la gente se mataba sin escrúpulos. Un episodio narrado por Roberto Bolaño en Los detectives salvajes, el libro que llevaba en la mano, le había revelado la fijeza de aquella afirmación, tan agria como rotunda, escuchada en varios lugares de América.

Le gustaba el chileno, a quien había comenzado a leer desde el final, cuando un amigo le envió una copia en PDF de 2666 con la indicación de que dejara los ojos en la pantalla pero no dejara “para más tarde” la lectura de ese mamotreto inconcluso, recién impreso en España por Anagrama.

Comenzó la lectura en pantalla completa esa misma noche, refugiado en la complicidad del cuartico central que ahora le servía de estudio, el mismo que durante años había empleado la hija de su sangre y de sus sueños para las visitas de fin de semana. Pero la suerte o su estrella, que según asevera Sancho vehemente son la misma cosa, lo había acompañado una vez más.

Dos madrugadas después, al terminar con la primera parte de aquella novela excesiva (consideraba por su amigo “radiografía literaria de la estulticia occidental moderna que acompaña la idea de progreso” y “monumento inacabado del realismo visceral en la amarga época de las maquiladoras”), pudo hacerse con un ejemplar impreso, gracias a los buenos oficios de un segundo amigo que le acompañó el obsequio salvador con la promesa de facilitarle “todo Bolaño” tan pronto terminara con el libro póstumo.  

            Amigos iba a necesitar en el D.F., y buenos, pensó mientras se dejaba conducir por la pausada esterilla eléctrica del aeropuerto internacional Benito Juárez de la ciudad de México hacia las casillas de internación. Era un recorrido monótono, que en algún momento previo él mismo había calificado como “el ruedo infinito de la abulia viajera”, pero de cuya sosegada extensión disfrutaba ahora, apoyado displicentemente en el asa de su equipaje de mano.

Observó el ir y venir de viajeros en la terminal aérea y decidió que no aventuraría un solo paso para apresurar el final del recorrido. Se tomaría un respiro para escrutar el ambiente, captar alguna esencia de la nueva situación, descifrar las claves ocultas en posiciones, gestos y miradas, antes de lanzar su humanidad hacia el acaecer vertiginoso que adivinaba más allá del control de pasajeros, el chequeo de aduana, la puerta de salida.

             No era la primera vez que volaba al D. F., la gran metrópoli de las tres culturas, el reino de la violencia, la contaminación y el trabajo informal. Había estado allí en varias ocasiones anteriores. Por eso no lo sorprendió la advertencia a los viajeros que resonaba metálica, imperativa, en los altavoces: permanecer cerca de sus equipajes, no tomar taxis que no fueran los del aeropuerto.

Pero nunca había permanecido en la ciudad de Octavio por más de dos días. Siempre en alguna conexión demorada, de paso hacia otro lugar, para realizar algún trabajo rápido. O de regreso, ya exhausto y con ganas de volver a casa, de esas otras ciudades con industria y alma propia que animaban su personal visión de México, un país picante, sentimental, rico en variaciones y consumiciones, al que desde niño había aprendido a amar y aborrecer a partes iguales.

Monterrey, con sus duros perfiles de acero y cemento anegados de dinero, droga fácil y fiestas caras hasta el amanecer; Cancún, la rivera maya, su aura de mar y selva y casino y leyendas ancestrales; la Guadalajara jalisciense, muralista, audiovisual y libresca,  en un llano, con su tequila y sus mariachis y el encanto duradero de las mujeres tapatías; y, por fin, México, en una montaña, con su Torre Latinoamericana, su Ángel de la Independencia, su Museo de Bellas artes, sus niños de rasgos aborígenes marcados que se lanzan sobre el parabrisas o hacen círculos de fuego en las esquinas por el favor de una moneda, México D. F., su misterio por develar.

“…a través de la ventana trasera vi  una sombra en medio de la calle. En esa sombra enmarcada por la ventana estrictamente rectangular del Impala, se concentraba toda la tristeza del mundo.”

            El episodio, narrado por Bolaño,  había quedado clavado en su memoria como una revelación. Estaba casi al final de “Mexicanos perdidos en México”, esa suerte de diario de un aspirante a escritor en 1975 que arma la primera parte de Los detectives salvajes, el libro que muchos críticos bien situados consideraban la más mexicana de las novelas escritas en México. Lo continúo rumiando durante el trayecto hasta el hotel y volvió a repasarlo mientras se retiraba el botones y él abría el equipaje, repartía sus pertenencias entre el ropero y las gavetas, se servía una copa de vino.

alfonso Quijano bebió un sorbo de Casillero del Diablo y cerró el manoseado ejemplar que leía desde la mañana sin darse un respiro (impresión de Monte Ávila Editores, rotulado con destaque Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 1999). Lo colocó en la parte superior de la mesita de noche de su habitación en el segundo piso del Hotel Majestic, con el marcador entre las páginas 124 y 125,  y abrió de par en par las puertas del balcón para sentir el aire de la ciudad, fumarse un cigarro, contemplar a plenitud la impresionante vista panorámica con que se anunciaba la presencia patrimonial del Zócalo de la capital azteca.



En la enormidad que se abría ante sus ojos observó un grupo de trabajadores de a pie, todos cubiertos de uniformes con identificación en blanco y verde. Recogían sus enseres. algunas personas vestidas de traje y corbata, que supuso directivos, editores o libreros, conversaban entre ellos. Parecían haber terminado de acondicionar y revisar las grandes carpas que en función de pabellones albergarían en las próximas jornadas la peculiar Feria del Libro del Zócalo, de la cual le hablara un tiempo atrás su exótica Editora. Las ciudades invitadas eran, en este octubre cargado de augurios del año 2006, La Habana y Los Ángeles, razón por la cual él estaba allí.

A pesar del frío nocturno permaneció acodado en la baranda del balcón, contemplando la barroca Catedral metropolitana donde José Martí contrajo nupcias con Carmen Zayas Bazán, según había leído. Pensó en el destino de ese matrimonio, condenado desde su nacimiento a padecer los tristes rigores de un final prematuro, y en el fértil destino trágico del apóstol, condenado, por su amor a Cuba, a imaginar en la distancia del exilio el despertar de su hijo Ismaelillo.

De aquellos arrebatos románticos y de estos excesos barrocos se había nutrido Martí, el literato, el héroe, el profeta. Había tomado posesión del alma nueva en su raíz. Había expandido el núcleo durable de la lengua española. Había inoculado en todas partes el germen vital, subversivo y mutante, del modernismo latinoamericano; y en una guerra sin odios, rápida, necesaria, había liberado del imperio el idioma común para trasmitir mejor su herencia y derrotar en toda la línea los adustos poderes centenarios del colonialismo cultural ibérico.

Se dejaba viajar por la historia, mientras degustaba una copa de vino y expiraba hacia la noche el humo de un segundo cigarro. Volvió a mirar a la plaza. Los trabajadores de verde y blanco se habían marchado. Dos hombres de traje y corbata salían del área de las grandes carpas y se dirigían a sus autos. La ciudad se recogía temprano, acosada por la inseguridad y el frío ambiente.

Un grupo de carpas más bien pequeñas, situadas al final y hacia la izquierda, en la esquina más alejada, mantenían sus fuegos encendidos, lo que atrajo su atención. Por la ubicación y el tamaño no parecían formar parte de la Feria. Una gran fogata ardía entre ellas. Picado por la curiosidad se detuvo a examinar el comportamiento y atuendo de las personas visibles en esa zona de la plaza. Era evidente su extracción popular. También era obvio que no pensaban marcharse. Parecían cocinar algo. La combinación de ambas datos  le hizo sospechar que se trataba de un plantón de algún grupo de gente muy pobre. Probablemente hacían parte de los miles de manifestantes llegados al D.F. en los últimos meses desde todo el país para protestar por los resultados públicos de las elecciones presidenciales de junio.

Habían copado la ciudad hasta hacerla intransitable. Habían permanecido durante varias semanas en las primeras planas de los periódicos y en las pantallas de televisión de medio mundo. Habían llamado la atención de millones de internautas indignados en las redes de Internet. Pero no habían conseguido revertir el resultado. El gobierno de los más fuertes había continuado siendo el gobierno de los más fuertes, ratificados en su (i)legalidad y en el disfrute de sus ricas propiedades por el dudoso recuento de las urnas.

Allí estaban, hambrientos y descalzos, los que nada tenían que perder, los más humildes, aferrados a su terquedad histórica, en medio del frío, el cansancio y la indiferencia creciente del país y del mundo. Una serie de rústicas pancartas los declaraban dispuestos a seguir adelante, a soportar los rigores del clima, el rechazo de las élites, la molicie de la clase media, y la embestida de la fuerza policial si llegaba a producirse.

Todo ese sacrificio (apuntó en su moleskine de viaje) ya no tenía otro sentido que sostener una imagen en la memoria, mantener viva la llama,  y recibir en el Zócalo, el lugar de las consagraciones, las marchas de sus iguales: indígenas, campesinos, maestros, trabajadores y estudiantes de a pie que avanzaban, en oleadas bien organizadas, desde las regiones más distantes y abandonadas de los Estados Unidos Mexicanos, hacia la agazapada ciudad de Cuauhtémoc, intentando hacer valer sus antiguos reclamos de tierra y libertad. 

Y allí estaba él, Alfonso Quijano, bebiendo vino chileno, fumando cigarros cubanos, con una cámara japonesa colgada al cuello, haciendo fotos del Zócalo en el México nocturno, desde su estratégica habitación de hotel. Sentía desplazarse allá abajo el espectro de esa sombra detenida en medio de la calle que Bolaño había captado en su libro más famoso y especulaba con los contrastes de luz y sombra y el buen álbum que obtendría para el nuevo sitio en la red de redes.

Nunca supo cómo ocurrió. Estaba a punto de rendir su alma a la penumbra y dormir, tal vez soñar, vencido por el cansancio del viaje y lo avanzado de la hora, cuando vio moverse sobre los adoquines de una calle lateral la sombra de aquella sombra donde se concentraba toda la tristeza del mundo, enmarcada por la pantalla estrictamente rectangular de la cámara digital de alta resolución, y sin pensarlo dos veces apretó el obturador. 

Un segundo después escuché sonar el disparo. Me lancé de un salto hacia la habitación. El teléfono llamaba insistente. Levanté el auricular. Escuché deletrear una palabra clave, largamente recordada. Completé la juguetona contraseña mientras cerraba las puertas del balcón. En el otro extremo de la línea una mujer gritó mi nombre y dijo baja ya muchacho. Agarré el libro de Bolaño.

Ya estaba en la acera cuando vi encenderse las luces de un Ford y las luces de un Montero. Parecía una película de ciencia-ficción. Mientras uno de los coches doblaba en la estrecha bocacalle, el otro se acercó, como atraído por un imán o por la fatalidad, que viene a ser lo mismo según escribe el chileno.

Escuché otra vez la voz de la  mujer, ahora en directo. Me llamaban desde uno de los coches. El Ford se detuvo tres metros antes de llegar. Vi la silueta de un matón que bajaba del Montero. Sus acompañantes, sin bajarse, le gritaban que rompiera una de las ventanas de cristal. ¿Por qué no acelera?, pensé.

El matón empezó a patear las puertas. Vi alguien que avanzaba por la recepción del hotel hacia mí, intentando que regresara. Vi las caras de los matones en el interior del Montero. Uno de ellos fumaba un puro. Vi el rostro del chofer y sus manos que se movían por el tablero de mandos del Ford. Vi la cara de su acompañante que miraba impasible al matón, como si la cosa no fuera con él. Vi moverse los labios de una mujer muy hermosa que gritaba mi nombre en el asiento trasero.

Supe que el vidrio no iba a resistir otra patada y de un salto me vi junto al matón. Luego vi que el matón se tambaleaba. Olía a alcohol, seguramente había estado celebrando algo. Vi mi puño derecho, la cámara digital y el libro de Bolaño que se proyectaban en secuencia  sobre el rostro del matón y en esta ocasión lo vi caer.

Sentí que me llamaban del hotel y me volví. Empujé un poco el cuerpo que estaba a mis pies y vi el Ford que por fin se movía. Vi salir a los otros dos matones del Montero y los vi dirigirse hacia mí. Vi que la mujer me llamaba desde el interior del coche y que abría la puerta. Supe que siempre había querido hacer algo así.

Entré y antes de que pudiera cerrar el chofer aceleró de golpe. Oí un disparo y luego otro. Nos han disparado, hijos de la chingada, dijo la mujer. Me volví, y a través de la ventana trasera vi la sombra en medio de la calle. El espectro de aquella sombra que concentraba toda la tristeza del mundo. 

Entonces mordí con hambre infinita los labios de esa mujer que hasta diez segundos antes solo conocía a través de los contactos de una red de amigos en Internet, mientras el Ford daba un salto y dejaba atrás la entrada del hotel, el Montero de los matones, la estrecha calle Madero, doblaba con un giro violento a la derecha, y antes de que terminara de besarla salía de la plaza del Zócalo y nos perdíamos en la jungla asfaltada del D.F. 

 


 



Un verano en Facebook - Capítulo 1 - Novela - Edel Morales

(Que te vuelva a encontrar. Segunda temporada)
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I

Como ensueño y certeza entremezclados, van en las redes sociales la Verdad y la Ilusión. Querer separar una de otra es desconectarlas sin encanto…”

Las teclas se detienen, quedan enganchadas por un segundo en la luz oblicua del atardecer que llega desde la ventana abierta. ¿Qué escriben las manos que quedan en suspenso? Algún error las impulsa por extraños laberintos; debe haberse filtrado sin querer en la sutil, elegante, sustantiva prosa que hace años lo acompaña.

“… es desconectarlas sin encanto…” ¿De qué encanto habla, de qué enlace? ¿Qué cosa es lo que puede desconectarse?

“Como ensueño y certeza entremezclados…”

Las manos acaban de mover el cursor y enseguida cliquean para eliminar el comentario, que desaparece con un breve encogimiento de la ventana en la pantalla. Son manos tersas, nerviosas, sensitivas, con las mañas persistentes en los dedos de quienes viven aferrados al teclado.  

Tras una breve pausa las manos vuelven a escribir con esa letra digital, vertiginosa, casi húmeda, que se desliza en la pantalla con solícita eficiencia:

“La misma veracidad obtienen de su perfil la mirada más sincera y una elaborada construcción visual; semejante es la confianza que recrean para el posicionamiento de su imagen en los fragmentos contenidos de las redes”.

Las teclas van ligeras, con ganas de cantar y de reír por ese inusitado, recién abierto, mercado de ensueño y de certezas, donde se exhiben y comparten todos los secretos; pero las manos las detienen pronto, elimina otra vez el comentario, y las palabras desaparecen, como antes, engullidas por las pulsaciones eléctricas de la secuencia uno cero uno del sistema digital.

¿Qué es lo que ocurre hoy que nuestro amigo no atina a poner en orden sus ideas? Bueno, habrá que contar dos sucesos: uno, que ya llegó el verano y solo quienes lo han vivido saben cuán ardiente y ruidosa puede ser la estación del sol a plomo en esta villa de La Habana, cuando los huracanes y las lluvias no le salen al paso. No le han salido aún en el presente año de 2010, y todo huele a tierra abrasada, a música étnica, a calles sedientas de algo. El otro acaecer, no menos importante para el solitario que teclea (y de cierto también para muchos amigos en la red) es la ausencia en el país de un familiar cercano y especial: Su primogénita, en este caso, la hija de su sangre y de su sueño.

“Desde entonces las cosas empezaron a perder sentido”.

Lee otra vez el Autor, entre juicioso y taciturno, la perturbadora afirmación que resalta en ese texto (enviado por un amigo de su lista Escritores con bomba) y sonríe a lo que apenas es una figura literaria, mientras las manos juegan con las teclas y comparten al desgaire, en la transparencia viral de la pantalla, ambiguos enlaces de notas, de fotos, de videos.  

Es verdad que su genio le tira siempre por las picardías y al linde de la media rueda sigue siendo tan vivo y tan jovial como hace cinco lustros, allá en las cálidas noches villareñas, cuando más que a libaciones y condumio daba valor y gozo a la enunciación, veraz o rumorosa, que con libertad fluía en las tertulias dizque clandestinas de su amigo, el poeta de El camión verde.

Lindas noches aquellas del espacio Monoros(z)a que nunca olvidará, aunque el Señor le depare largos años de vida. Jornadas que la memoria devuelve veinte años después provistas de una extraña gracia divina: Concedida a la lucha sin cuartel de los bardos rebeldes, para resistir, vencer y cantar la emoción de las batallas ganadas sobre el cieno sucio de los zoológicos municipales, o el dulce olor de los amores furtivos, encontrados en rondas y juegos de azar, donde antes hubo una virgen, en la esquina vacía de Libertad y Paseo. Pero en la Capital estaba su destino, trazado para el deber y el sacrificio, y en los atardeceres del Centro era también dichoso a su manera; sobre todo ahora que podía enredarse en Internet para encontrar noticias recientes de su hija. 

Y Alfonso Quijano, escribidor, revistero, público admirador de Cervantes (cuya página oficial acaba de compartir con sus amigos y redes), sin dejar de sonreír con una sonrisa que es notoria pero solo para él mismo, rasga un sobre y toca con sus manos el preciado objeto que se esconde en su interior: el esperado ejemplar de muestra de su novela Un byte de adolescencia (Que te vuelva a encontrar. Primera temporada), que no hace más de una hora le entregó con suma discreción el jefe de editores, Juan Rodríguez, envuelto en este mismo sobre de manila. Obsequio del buen Juan ese ejemplar primero, ya con aprobación editorial y precio puesto, lo cual no es de extrañar, pues que en el gremio hay gente muy cumplida y eficaz.  

El flamante novelista alza el libro impreso hasta su rostro de isleño por partida doble: Es un cubano típico, hombre villareño de ascendencia canaria, gente esforzada que disfruta adentrarse en la mar inmensa y en los sembradíos de tabaco para desenterrar botijas con sus manos y encontrar la esencia velada de las cosas. Escruta los recónditos enigmas, que sabe ocultos en la letra pequeña, y aspira con fruición casi sensual ese olor grato como pocos que hay en la tinta fresca.

No nueve meses sino nueve años tomó la gestación de la criatura; nueve años de amor, de lucha, de fatigas, de revelaciones, de hacer las noches días y los días mosaicos de ensueños y certezas, intercalados en la densidad matemática del texto; escenas fractales de la belleza humana, a veces avistada, entre tantas tareas desgastantes que aquí exigen la subsistencia cotidiana y el diario cumplimiento del deber. En fin, la criatura estaba allí, respirando, puede decirse, bajo su mano.

Un regocijo paternal le llena el pecho, le humedece los ojos. Más no conviene abandonarse tampoco a esas blanduras; por el contrario, hoy más que nunca, al rescoldo de alientos y estímulos, debe darse a la continuidad de la obra, la serie de novelas de la cual este volumen es solo, como quien dice, un anticipo. Otros van a seguirlo, Dios mediante, de acuerdo con el plan que se ha trazado, y apenas recibidas sus primicias, se encuentra ya escribiendo las primeras líneas de la que será segunda temporada de la anunciada serie: Un verano en Facebook, su próxima ficción.    

Solo que, al parecer, esta tarde no anda muy bien de la cabeza. ¿A quién se le ocurre empezar una novela, que se supone y es quehacer entretenido, elocuente y ambicioso, con tono tan medido? Ha copiado las palabras de arranque, las ha pegado en su página de Facebook a ver quién las aprueba o las comenta. Y claro, hubo enseguida un Me gusta de su vieja amiga la poeta, esa Dulce María imaginativa y punzante, que ya le contagiara en su casa del Vedado la afición por la belleza clásica.

“Como ensueño y certeza entremezclados…” Vaya, por Dios, que esa oración tiene hasta metro; sin duda, está escribiendo como Ella, le está copiando el ritmo y las palabras, de tan genuina admiración que siente; y la Doña bien pudo inventarse un Jardín, unos Juegos de agua o Un verano en Tenerife, pero Él, Al Quijano, bloguer y autor migrante en la era digital, debe ajustar su ritmo y su visión a gradaciones más virtuales.

Y, además ¿a qué viene el circunloquio? ¿Dónde cabe pregonar que la verdad de los hechos se confunde con la ilusión visual que la recrea? Si justamente es misión del poeta encontrar una mirada distinta, un modo raro de sentir la realidad. Saja su entraña sin desmayo el creador hasta hallar la aguja extraviada en el pajar del mundo y recose con ella sus vísceras sangrantes. Empeño harto difícil en su caso, no se le oculta claro está, pero también ineludible una vez que se roza el teclado con la yema de los dedos. 

No va a excusar en él lo mismo que siempre ha reprochado en los demás. Por no andar muy derechos en asuntos de arte y artificios, de sinceridades y simulaciones, de espacios públicos y libertades para el diálogo, recaían cada vez en sonados disparates los muy ruidosos polemistas Valle Chang y Sánchez Guerra.

Rigor tan exigente debe empezar por uno mismo, si es buen humanista y buen fabulador. No era cuestión de parcelar dominios excluyentes: apocalípticos e integrados, nacionales y extranjeros, nativos o migrantes digitales. Tampoco era un asunto de establecer vanos litigios entre ficción y realidad. Los nuevos escenarios y herramientas eran eso: nuevos escenarios dotados de herramientas nuevas, capaces también de validar formas, modelar sujetos, legitimar otros espacios de enunciación. Sucedía siempre: en la vida, en el arte, en los sueños, y en las redes más sofisticadas. 

Así que elimina sin vacilar el comentario recién publicado y vuelve a desafiar la nitidez de la página en blanco.

"Prosigue Que te vuelva a encontrar, y me prometo que en esta segunda temporada, Un verano en Facebook, el Lector gemelo hallará la intensidad de sentimientos y emociones que ya disfrutó antes en Un byte de adolescencia, amenizada ahora con algo más de acción y un juego de intelectos más complejo."

A través de la ventana abierta observa los canteros de rosas, jazmines y vicarias blancas que se alinean por el patio y en derredor de la hermosa fuente central. Imagina el esplendor de esa fuente varias décadas atrás, la noche en que la maestra chilena Gabriela Mistral, ya ungida para entonces con el Premio Nobel de Literatura, se sentara allí a conversar con los habaneros. El agua, durante varios meses retenida, se desborda ahora en una catarata de espuma y de humedad. 

Alfonso Quijano se distrae observando a unas muchachas que a esa hora se marchan del brazo por las aceras arboladas,  mirándose a los ojos. No le molesta (im)pulsar en las anillas  de su entorno la presencia de las jóvenes enamoradas, como acontece de ordinario a otros machos caribeños. Se siente exitado, creativo y feliz; piensa tal vez en dedicarles un poema procaz y vigoroso, al estilo de  Javier, Aymara o Marcelo. 

Pero no es hora de pensar en versos: su novela lo reclama, sabe que un día lo hará dichoso entre los suyos y a ella vuelve,  conectado en el chat de la red social a la voz de la exótica Editora, tardo por vez primera el gesto, almendrados y café sus ojos soñadores.

"No he narrado hasta aquí ninguna anécdota o escena que no pueda asociar con el suceso real. Tampoco lo haré en las páginas siguientes. En esencia toda la novela fue esbozada antes en el blog y fue vivida previamente por el autor o por algún otro personaje. Su trama puede ser rastreada y referida en las notas, cartas, fotos, poemas, canciones, diálogos, discursos, traillers, post, telenovelas, comentarios y cosas diversas que suelo archivar en mi memoria". [1]

_ ¡Alfonso, Alfonso!... Holaaa!... Alfonso, soy yo, Helena.

 Está visto que todo se ha confabulado esta tarde para no dejarlo laborar en condiciones; ahora es Helena (ya traspasada la reja y bien situada al interior de las defensas de una Troya que la acoge admirada de sus pasos) quien lo llama allá abajo, en el jardín.

Por cierto que, embebido en la tarea y en ese libro suyo recién salido de las prensas, olvidó la hora de la cita y a esta hermosa criatura (modelo de eficacia en el hogar y en su competitivo campo de trabajo), cuyo prestigio se cimenta y crece en los estudios, en los perfiles enlazados de la red, en los comentarios previos al estreno de su primera producción independiente, la muy esperada Que te vuelva a encontrar. La película. Ella misma la dirige y comparte el guión con Páez, el sensible Lector cómplice, a quien desde un inicio facilitó todo el apoyo necesario, confiada en el oficio de sus manos de alfarero.[2]

El Autor guarda los cambios v realizados en el documento en proceso, sale de su página de Facebook, apaga el ordenador. Luego, ya puesto en pie, saluda a la esbelta mujer que conversa en el jardín con el recién llegado custodio del turno de la noche y con la saliente custodio del turno de día, común lector y televidente promedio de esas (tele)novelas en que abundan los amores, las intrigas y las emociones, que ella adapta y produce desde hace unos diez años en el Canal.

_ Hola, Helena, mi querida y poderosa Productora. Por favor, no lo hagas. No hables tanto de La película justo antes de la premier. Tú sabes que eso puede ser...

_ ¡Vamos, Alfonso, vámonos ya! En una noche como esta solo tú puedes estar encerrado en la Oficina hasta las tantas, desfaciendo entuertos frente a la pantalla fría de un ordenador. La premier en el Chaplin será en dos horas. Quedé con Páez y con la sicodélica Ka en vernos en el vestíbulo diez minutos antes, y quiero llegar feliz a ese momento. Ahora mismo nos vamos a Star Bien por un ceviche, unos camarones al ajillo, una copa de vino blanco y un flan de leche.

_ Bueno, ya voy, ya voy. Me Gusta mucho la propuesta. Espérame, por favor, que enseguida estoy contigo. No te vayas sin mí, mi fabulosa Helena, amore mío. 



[1] Los datos pueden estar dañados o pueden ser trucados, viciados tal vez por la corrupción, la mentira y la simulación. Concordemos en que no hay nada en este mundo que no pueda ser cambiado, nada que no se consiga fingir, nada que no se alcance a simular, nada que no se logre enrarecer, y advirtamos entonces al Lector de esa posibilidad, también infinita, de la virtualidad y la ficción.
[2] En Un byte de adolescencia, la poderosa Productora, esa misma Helena que abajo lo procura, y la exótica Editora, trasmutada en un ubicuo cuarto Personaje que se conecta desde cualquier lugar del mundo y tan(m)bien ayuda a escribir la novela mientras desarrolla su Tesis y seduce al autor, acuden a todo tipo de estrategias femeninas y trampas del oficio para a.  Páez, el Lector, y al propio Alfonso, el Autor, quienes a dúo aman a la sicodélica Ka, el Personaje, su alma, y se aman sin prejuicios  entre sí.